En el plan formativo de cualquier cristiano, siempre he considerado que ocupa un lugar especial, la visión de esos autores conversos quienes, a la hora de contar sus experiencias de fe, nos ayudan a ver lo que siempre hemos creído saber, y que, pone de relieve nuestra ignorancia.
Uno de mis autores conversos favoritos es Scott Hahn quien, en su libro La cena del Cordero escribió sobre la misa: “… la Misa es como nuestra casa. Pero la mayoría de los católicos se pasarán la vida sin ver más allá de la superficie de unas oraciones aprendidas de memoria” (pág 21. Ed. PATMOS) Ese comentario, entre otros, me hizo pensar que, los católicos en general y los cofrades en particular, vamos a misa, más preocupado de la duración de la misma que, de lo que realmente hemos de vivir en ella. A pesar de los años, seguimos teniendo dudas sobre qué debemos hacer en algunas partes de la misa.
Una de esas dudas está en el rezo del Padrenuestro. Una oración que, en la misa, terminamos sin pronunciar el amén y que, erróneamente, omitimos por extensión, cuando rezamos la misma oración en otros escenarios. Esto pone de relieve lo que decía Scott.
El amén al final del Padrenuestro, sólo debe ser omitido en la misa, debido a lo que se ha venido a llamar, Embolismo litúrgico. Ese embolismo litúrgico se trata de una oración de súplica que se inserta entre el Padrenuestro y el rito de la paz.
El Padrenuestro termina suplicando al Señor que nos libre del mal y, el sacerdote continúa esa súplica: “Líbranos de todos los males, Señor y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libre del pecado y protegido de toda tribulación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.” Es casi una “prolongación” del Padrenuestro y por eso, no se pronuncia el amén. No obstante, el amén si se debe de decir cuando terminamos de rezar el Padrenuestro fuera de la misa.
También, crea dudas, cada vez menos, sobre todo en personas de cierta edad, qué actitud tomar después de la oración tras la consagración. Hasta no hace muy poco, cuando el sacerdote decía “Levantemos el corazón” a lo que respondíamos “lo tenemos levantado hacia el Señor” era el momento de ponernos en pie. Ese “levantemos el corazón” era como un “levantémonos del asiento.” Si nos paramos a analizar lo que respondemos; “lo tenemos levantado” caeremos en la cuenta que, levantar el corazón no es que nos pongamos de pie nosotros. Momentos antes, cuando el oficiante dice “orad hermanos …” es cuando nos debemos poner en pie. Toda oración exige que estemos en pie. Ese “orad hermanos” o ese “oremos” es igual que el oremos que pronuncia el sacerdote, tras la comunión en el rito de salida, en el que, nos ponemos de pie porque vamos a orar, no porque vamos a terminar y tenemos prisas en salir. En esa oración final, no sólo nos ponemos en pie para orar sino, para recibir la bendición y el “podéis ir en paz” con el que aceptamos, en el rito del envío, el llevar la paz al mundo que nos rodea.
Puede que, muchos que lean estas sencillas letras sepan de qué estoy hablando, pero, entendamos que, todos estamos llamados a orientar al que no sabe o al que tiene alguna duda.
Decíamos que, los autores conversos, esos quienes en su adultez encontraron el camino de la fe, tienen mucho que enseñarnos. No me resisto a citar a otro converso, por quien siento gran admiración; G.K Chesterton: “Las cosas muertas pueden ser arrastradas por la corriente, solo algo vivo puede ir contracorriente” La misa es algo vivo.
José Antonio Vieira
Diputado de formación

